Ecología,Vida sostenible

Ballenas estresadas

10 feb , 2012  

Acabo de leer un artículo sobre las consecuencias de la contaminación acústica originada por tráfico marítimo en las ballenas.

El tema es crítico porque los cetáceos son altamente dependientes de su aparato auditivo para su supervivencia. Utilizan los sonidos para localizar sus presas, orientarse en la navegación y comunicarse entre sí.

 Su adaptación al medio marino es realmente sorprendente y fascinante. A lo largo de setenta millones e años, los cetáceos han desarrollado aspectos tan sorprendentes como las canciones de las yubartas, los silbidos de comunicación de las orcas, las ondas de baja frecuencia utilizadas por los delfines para orientarse y comunicarse, e incluso el uso de ondas acústicas para atontar o matar presas.

 Hasta los inicios del siglo XX, la actividad humana en el mar era más o menos soportable. Los barcos eran impulsos por la fuerza del viento en las velas o por las máquinas de vapor. Pero, empezaron a proliferar los barcos a motor, pruebas e explosivos y actividades industriales como la extracción de petróleo. En ese momento acabó la paz para estos animales.

Para que se hagan una idea de cómo estamos interfiriendo en la supervivencia de estos seres, piensen que el tono de 6,8 Hz que produce un petrolero gigante puede ser detectado por una ballena a una distancia de entre 139 y 463 km.

 A pesar de la agudeza del fascinante sistema de ecolocación (eco-localización) y bio-acústica,  del que depende por completo para su supervivencia, o quizás precisamente por ello, los efectos de nuestra irresponsabilidad son alarmantes y han llevado a catalogar a numerosas especies como vulnerables y amenazadas.

 Somos los causantes de los cada vez más numerosos varamientos. Es triste que animales tan inteligentes y con tanto dominio de navegación pierdan, por nuestra culpa, su sentido de la orientación. Se desplazan a bancos de arena donde no pueden liberarse. Y aunque se intente liberarlos, siguen desorientados por un espejismo auditivo que les hace regresar a la arena.

Lo más indignante de este asunto es que aún somos capaces de sorprendernos y extrañarnos de esta actitud. ¡Hace falta ser cínico!

 Imagínense como nos molesta a los humanos no poder mantener una conversación telefónica racional por culpa de alguna interferencia, e imagínense ahora a esos pobres seres intentando entenderse en medio de una cacofonía de nivel enciclopédico. Deben de experimentar la misma confusión que sentimos nosotros cuando nos trasladamos de la paz y armonía del campo a la vorágine de una ciudad, o peor, porque ellos no entienden como les ha llegado esta invasión.

 Llevan en su memoria atávica las rutas y destinos de cientos de generaciones. Por eso se sienten desorientadas y sin rumbo fijo. Imagino que debe ser una sensación de absoluta desesperación. Y de enorme cabreo también, de ser un delfín sé muy bien lo que pensaría:

“¡Maldita plaga humana! ¿Cuándo reventaran todos de una puñetera vez?”

 Me siento muy, pero que muy triste. Hemos sido capaces de desbarajustar, en unos setenta años, setenta millones de años de evolución en estas especies.

 ¡No paramos de cubrirnos de gloria!

 Justine de la Bretonne

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2 Responses

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