Consumo ecológico

Placeres perdidos

2 Dic , 2011  

Cuando uno tiene la ventaja de comparar aspectos de la vida en diferentes épocas de nuestro devenir histórico, no puede evitar preguntarse hasta que punto perdemos en el camino esos pequeños placeres que nos hacen la vida tan deliciosa y atractiva, en aras de un progreso totalmente rendido ya al consumismo masivo y descontrolado.

Uno de esos aspectos es el sabor y el olor de los alimentos. Analicemos, por ejemplo, las frutas:

Hasta no hace muchas décadas, las frutas que llegaban al consumidor de las ciudades habían madurado a su debido tiempo, se habían embriagado del calor solar y de los aires sanos de campo.

Cada época daba, muy inteligentemente, sus frutos: en invierno los que son ricos en vitamina C y jugosos para prevenir catarros, en verano fruta dulce y con mucho agua, para sofocar los calores estivales….

Cada estación cambiaba el aspecto y el surtido de las fruterías y se consumían con deleite los primeros productos de temporada….

¡Créanme! Era un auténtico y voluptuoso placer tomar, por ejemplo, una ciruela madura, con la piel teñida por el sol en infinitas tonalidades de ocres, amarillos y dorados que a duras penas podía contener una pulpa almibarada, con un olor a verano, a calor, a deleite puro, y reventarla en la boca, dejando escapar todo ese caleidoscopio de sabores, sensaciones y olores…, o por ejemplo, las carnosas, picaronas y tentadoras cerezas en su envoltura carmesí, los tersos ,…Y ¿Qué me dicen de los higos?  ¡Que aroma tan mediterráneo! ¡Tan nuestro!

Fuente: http://cerillayfogon.files.wordpress.com/2010/05/fruit-cherries-cherry.jpg

No es casualidad que muchos placeres puramente carnales se asocien a determinadas frutas….

Quien haya disfrutado de esas sensaciones no las olvida. Dos de los sentidos que más impactan en nuestra memoria son el olfato y el gusto. Por eso actualmente mucha gente paga precios astronómicos por fruta de calidad.

Se paga por volver a experimentar esas placenteras sensaciones que nos devuelven a nuestra feliz y despreocupada infancia, donde todo era más racional y más a la medida del ser humano.

Pues bien… ¡Todo esto se acabó!  Da igual la fruta que uno coma actualmente, porque toda sabe igual.  ¡No me extraña!  Se las deja madurar en cámaras. La cuestión es que si la gente quiere cerezas en pleno mes de enero ¡Pues se les dan cerezas!, que por lo visto las traen de climas más cálidos donde se han recogido aún verdes para que aguanten el largo viaje hasta nuestros mercados, viaje durante el cual irán madurando por puro tedio, a su libre albedrío y no quiera ustedes saber al calor de que fuente.

Déjelas en una fuente con toda tranquilidad, porque ni los gusanos las quieren. Sólo el “bípedo racional” es capaz de ingerir estropajo con la ilusión de comer fruta jugosa.

Ahora bien, ¿Que usted, todo un sibarita, quiere cerezas en enero pero con el sabor que tienen al ser recogidas en su punto de maduración? ¡Pues eso se paga! Porque esas cerezas viajan en “Bussiness Express”

Y la cosa no queda ahí… hay que darle al consumidor “sopas con ondas”… lo que se nos ocurra y cuanto más antinatural, ¡mejor! Nos hemos convertido en pequeños pseudo dioses que cambian las cualidades de los productos naturales a nuestro antojo. ¿Cómo explicar, si no el incremento en alergias y demás anomalías que padecemos?

Estimados amigos, no estoy en contra del progreso ¡Dios me libre!, pero reflexionemos si realmente nos compensa, en algunos casos como el del presente artículo, perder esos placeres por un consumismo tan opresivo y desmesurado.

Justine de la Bretonne

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Vida sostenible

El olor de las ciudades

14 Oct , 2011  

Una de las mayores paradojas que experimento, cada vez que me “traslado” al presente milenio, es leer en los libros de historia cualquier tema relacionado con mi época.

Para los historiadores actuales, los arrabales y el laberíntico trazado de las ciudades del siglo XVIII eran cenagales de suciedad, desperdicios e inmundicias que los ciudadanos arrojaban impunemente a las calles, en las que campaban a sus anchas ratas y cucarachas.

Fuente: http://ookaboo.com/o/pictures/picture.large/197964/A_late_18thcentury_illustration_of_a_pro

No voy a negar que la falta de higiene y la acumulación indiscriminada de basura impregnaba el ambiente de un denso olor a humanité, pero nuestra basura era totalmente biodegradable, nuestro cielo era limpio y nos bastaba acercarnos a la nariz un pañuelo perfumado o un pequeño bouquet que cualquier dama llevaba siempre a tal efecto. También debíamos de andar con cuidado para no recibir una desagradable sorpresa si el aviso de “agua va” nos llegaba un poco tarde.

Las noches eran misteriosas, oscuras y silenciosas; los astrónomos no necesitaban emigrar a lugares inhóspitos porque se podían ver las estrellas – para deleite de los poetas de medio pelo y los gatos de tejado-, Y si la cosa se ponía insoportable, sobre todo en verano, organizábamos deliciosas estancias en la campiña, lo que nos proporcionaba libertinas y sensuales experiencias.  Ah ¡¡¡Quelle joie de vivre!!!

Fuente: http://ookaboo.com/o/pictures/picture.large/1560424/Merton_Place_copperplate_18th_century

Teniendo en cuenta todo esto, yo me pregunto: ¿Cómo tienen ustedes la desfachatez de decir que nuestras ciudades apestaban y eran insalubres, teniendo en cuenta la espesa capa de polución que corona las urbes, grandes y medianas, del siglo XXI?

Actualmente viven inmersos en la turbia nube tóxica que desprenden los miles de coches que circulan por sus calles, las calefacciones a “todo gas” y los aires acondicionados a pleno rendimiento. Al divisar una ciudad desde el extrarradio, asusta esa masa marrón sobrevolando los edificios.

¿Qué tiene esto de humano? ¿Cómo afecta y afectará esta exposición a un organismo concebido para vivir en un entorno natural?

También generan basura, pero la envuelven en plástico y la depositan en inmensos basureros. Y, por cierto, la mayoría de los materiales de desecho son imperecederos……

También tienen ratas, pero alcanzan tamaños de conejo y las cucarachas son casi como pastillas de jabón.

Sus noches igualan al día en luces y ruidos; viven a una velocidad desenfrenada y soportan eternamente un olor acre y ácido a combustible quemado, que nada tiene de humano.

Cierto que han alcanzado un nivel de higiene excelente – aunque algún que otro viaje en metro me haya hecho dudar de ello – y las comodidades de las que gozan eran impensables en mi época, pero deberían ustedes de pensar que este ritmo de polución pasará factura a corto plazo.

Estimados Amigos, está claro que el progreso y la cómoda vida que disfrutamos en el siglo XXI exige ciertos sacrificios, pero ¿No sienten ustedes, a veces, que estamos perdiendo la dimensión del ser humano ??

 

Justine de la Bretonne

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